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De Quimeras y Ensoñaciones

La última partida de ajedrez del Rey Blanco

En el juego de ajedrez, la Reina y el Rey se colocan al inicio de la partida, juntos en el centro y atrás, mirando de frente a las piezas oponentes, durante el desarrollo del juego, el Rey, suele enrocar con la Torre, es decir, jugada consistente en mover a la vez el rey y una torre, trasladando el primero dos casillas hacia la segunda y colocándose ésta a su lado, saltando por encima ,la Torre que está en la esquina pasa a ocupar el lugar más o menos del Rey y este se resguarda en la casilla anterior a la de la esquina para ofrecer mayor protección al mismo, ya que en el centro corre mayor peligro de ser atacado al estar más abierta la posición, pues quien da jaque al Rey gana el juego. El Rey solo puede mover una casilla en cualquier dirección, la Reina puede mover en horizontal, vertical o diagonal todas las casillas que sean y estén libres.
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La última partida de ajedrez del Rey Blanco
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La Reina blanca se colocó al lado del Rey, como siempre que se daba la recepción en palacio, semejaba a una novia en el día más grande ante el altar. Imponente, regia, marmolínea. Sus ojos eran dos esmeraldas. Sendas diademas de flores engastadas en rubíes adornaban las pulseras de sus brazos y un collar de topacios vestían su pecho. Y en la cintura, un pareo bordado de diamantes. Su largo cabello estaba trenzado con hilos de oro y el vestido de seda fina, inmaculado de blancura, largo y abombado, tapaba unos zapatos de charol levemente desgastados por el uso.
Los zapatos. Era el único detalle delator de su próxima aventura, esos zapatos andarines que habían pisado cienes de baldosas negras y blancas del palacio, pero nadie los podía ver, porque su largo vestido blanco los ocultaba.

Miró hacia el Rey, los zapatos de él estaban impolutos, nuevos, como recién comprados, sin una sola brizna de deterioro, ya que los usaba tan poco para andar. La Reina observó como el Rey blanco empezaba a echar barriga, andaba engordando. Siempre tan sedentario, apoltronado en su silla, viéndolas venir, dejando la lucha para los demás.
El Rey, siempre quieto en su sitio, atrás siempre y para más Inri, al nada de comenzar el baile se retiraba a su esquina preferida a leer un libro, enrocando con la torre y dejaba a la Reina sola y allá ella se las apañara al mando de su ejército.
Rey Cobarde. Huye. Escóndete tras tu almena. Llora como mujer lo que no pudiste defender como hombre.

Y si el ejército enemigo rompía sus murallas, el Rey huía, era la única vez en que se movía, su miedo, su cobardía y no el valor eran los que le impelían a salir de su escondrijo al ser forzado, y de tan gordo se estaba poniendo que lo hacía pasito a pasito, baldosa a baldosa, cuadro a cuadro. Blanco y negro.
La pieza más inútil del tablero y sin embargo él se consideraba el valedor, el prepotente dueño del juego, el señor de sus vasallos, el vencedor del torneo, pero no, no lo era, siempre andaba ajeno al juego, escondido en rincones cual rata asustada.
Señor de sus vasallos, Ja.
La Reina lo era, ella si.
Y el Rey tan sólo, tan sólo era, de darse el caso, el perdedor del juego y del torneo y no existía más humillación que ser dado muerte por un simple y paria peón negro enemigo.

Las piezas enfilaban el campo de batalla, todas pulcramente colocadas en sus cajones de salida, mirando con odio las oscuras figuras del otro lado del océano lleno de cuadrículas blancas y negras que les separaban y que a su vez mostraban los dientes en un rictus de desafío y guerra.
Jaque al Rey. Jaque a la Reina. Sin tregua, sin tablas.

Y hoy, la Reina, valedora de si, enérgica y henchida de orgullo y rabia se rebeló.
Dijo basta.
Rompió el protocolo de alineación, de miradas al frente, hacia las líneas enemigas y se giró media vuelta hacia al Rey para cantarle las cuatro verdades.

Me cuesta tanto decírtelo a la cara –habló la Reina blanca- no aguanto más, así no juego, sigue huyendo siempre a tu rincón, yo lucharé sola con mi gente, con la que tú crees que son tus guerreros y te equivocas, no lo son, son muros tras los que te escondes, yo así no juego, ya no siento bailar un gusano en mis tripas cuando te veo a mi lado ya que sé que la rutina, cuando las cosas se pongan feas, te irás a tu rincón e interpondrás una torre entre tú y yo y dejaremos de sentirnos, tú, tranquilo, alzarás tu cabeza por encima de tus peones, de las murallas y me verás batallar contra el enemigo y yo no tendré tiempo de pensar en ti. Estaré ocupada en batallar, en vivir el juego, en luchar por ti, y tú, mi Rey, callado, paralítico, observador. Inútil.

Ante estas palabras, al Rey blanco se le formó un nudo en la garganta, una congoja recorrió su ser, intentó girar la cabeza para mirar a la Reina, pero el protocolo se lo impedía, un Rey siempre debía respetarlo, pero no pudo evitar temblar y … la corona resbaló de su cabeza y con estruendo de mármol cayó al suelo.
Rey sin corona. Rey sin Reina. Rey sin Reino.

Las piezas negras enemigas del otro lado del tablero emitieron una sonrisa tan burlona y con tal agravio en sus formas que el Rey cerró los ojos para no verles.

Las blancas habían perdido la primera batalla antes de empezar a jugar.

El caballero alfil de Rey, presuroso, tomó la corona de los pies del Rey y pidiendo ayuda al caballo blanco de Rey, aupose a su grupa y colocó de nuevo la corona de mármol sobre la cabeza del Rey. Se había despuntado en una de sus cruces, pero qué importaba aquello ante la vergüenza y escarnio provocado por la caída de su insignia, de su báculo, de la representación de su poder de monarca.
Alfil y caballo volvieron a su puesto en la fila.
El Rey blanco ni siquiera osó dar las gracias, era un Rey.

Rumiaba por dentro las palabras de la Reina, la cual, habiéndolo observado todo, sintió pena por aquel Rey blanco blando y torpe, pero se la habían ido las ganas y la ilusión de volver a verle, así pues, volvió a girarse media vuelta hacia el enemigo y al verles sonreír irónicamente ante lo que parecía ser una debilidad de un Rey pusilánime y sin clase, su rabia creció y creció y creció. Y deseó que el juego empezara ya.
¡Venganza!. ¡Venganza!. Clamaba la Reina venganza.
Nadie osa reírse de nosotros así sin recibir un castigo.

Y ordenó al peón de Reina que avanzara dos casillas. El juego había empezado. En los primeros movimientos, el caballo y el alfil de Rey blanco se movieron, dejando el camino abierto para que este enrocara con la torre y se retirara a su rincón protegido a leer un libro y permanecer de comparsa en la guerra, pero el Rey se negó a hacerlo, se mantuvo imprudentemente en el centro del tablero.
Vamos, majestad, - insistía la torre- refugiaros tras mis muros, buscad la seguridad.
Pero el Rey permanecía impasible al lado de la Reina.

Y llegó el momento en que ella creyó oportuno atacar, era aún demasiado pronto, un suicidio, pero no soportaba ver la sonrisa irónica y burlona de las piezas negras dibujadas en su rostro y debía darles un escarmiento.
Caballo negro come caballo blanco, Reina blanca come caballo negro. Atacó a un caballo negro y ya no pudo volver a su lugar, la lucha sería encarnizada.
Y paso a paso, poco a poco, fueron muriendo piezas de mármol sobre el tablero en un juego de poder y el Rey blanco, imprudente kamikaze, osado, herido en su dignidad, rabioso, avanzó un paso, luego otro, y otro y dejó la seguridad del fondo del tablero acompañado por un simple peón.
La Reina le vio indefenso y acudió presurosa a su lado, la Reina negra entonces atacó y jaque a la Reina.
Adiós, le dijo, ahora ya no habrá damas sobre el tablero, Reina negra come Reina blanca, Rey blanco como Reina negra.
Y el Rey jugó en el centro del tablero y actuó de ariete atacante sobre el enroque del Rey negro.
La Reina blanca, desde fuera del campo de batalla, le observaba orgullosa, le miró los zapatos, los tenía sucios y manchados y a toque de trompetas atacó el flanco enemigo, rompió las defensas y se presentó ante el Rey negro con un peón.
Jaque mate.
Podría haber sido él, él mismo quien atrapara al Rey negro, pero aun recordaba su sonrisa irónica y mandó a su peón atraparle, era la peor de las humillaciones para un Rey, ser comido por un simple paria de peón.
La Reina blanca aplaudió, volvió a entrar al tablero y abrazó al Rey, diciéndole: Así es como quiero que juegues. Así si juego.

La luz de la sala se encendió, todas las figuras volvieron a su estado pétreo inmóvil, a su estado de figuras talladas en mármol, sin vida, sin espíritu de batalla propia.

- Qué raro es esto –dijo una voz- juraría que este Rey no tenía antes la corona rota. No importa, no hay tiempo de cambiarlo, no creo que se note mucho. Los participantes del torneo de ajedrez están a punto de llegar, mañana lo cambiaré por otro Rey blanco.

1 comentario

atenas -

quién escribió esta barbaridad.
tu memoria voy a guardar!